28 jun. 2011

Felicidad a tirones

Terminado los exámenes y con el mercurio sevillano riéndose de todos con sus 40 grados, me dispongo a emigrar a tierras más fresquitas o al menos en las que se pueda percibir el olor de la sal. Pronto surge el plan de irse a la playa y tú encantada de la vida dices que "del tirón", sol, arena, bronceado y mar. Pero primero hay que probarse los bikinis del año pasado, la operación denominada por los susodichos ha sido un desastre, los golosos helados debilitan cualquier fuerza de voluntad y el ejercicio a ciertas temperaturas se ha vuelto inviable, excusa aceptable para justificar mi enemistad mortífera para casi cualquier actividad que me haga sudar. Tras improvisar un desfile de modelo, menos sofisticado que la Cibeles pero con vestimenta más ponible (para qué nos vamos a engañar), me aseguro de que todos y cada uno de mis conjuntos resistentes al agua se adhieren a la perfección.

Los primeros diez minutos en la playa pueden ser infernales, bajo la tutela de los rayos uvas intentas como si la vida se te fuera en ello a clavar el mástil de la sombrilla y ya de paso si encuentras petróleo pues mejor que mejor. Gratificada de proporcionar sombra y cobijo sacas el bote de crema/yeso porque ya estas concienciada de que los melanomas amigos no son. Es entonces cuando tú divina de la muerte te tumbas en la toalla cual sirena y descubres que de tus kilométricas piernas asoman cada ebra de pelo que bien pueden homologarse como tobilleras protectoras. "Bueno no pasa nada son rubitos", piensas con la esperanza de quitarle hierro al asunto, tú como Trina: naturalidad ante todo.

Es entonces cuando estas completamente convencida de que tus piernas de gorila molan, aparece un grupo de chavales que acampan al lado de tu guarida, y tras la inspección obligatoria descubres que todos los integrantes tienen unas preciosas, suaves e hidratadas piernas. Vamos ni aquí la presente tras embadurnarse en parafina, aceite de oliva, baba de caracol... sigue teniendo las pantorrillas más secas que la mojama.

Mientras os escribo tras meses me encuentro pegándome tirones con papeles pegajosos, al borde del sollozo enmudecido por la satisfacción de rozar la suavidad de los trozos de pierna que van llegando a la superficie. Y pienso, con lo extremadamente generosa que ha sido tanto la naturaleza como los cánones de la sociedad con los hombres, que sin problemas pueden llevar el vello a tomar la fresquita se automutilan por moda y encima quedas por perroflauta (con lo peyorativa que es últimamente esta palabra) al lado de sus preciosas piernas.

NoSoloHayCarne aprovecha para hacer un llamamiento a los publicistas de los anuncios de cera depilatoria y maquinas de igual índole, NO nos da un orgasmo tirarnos de miles de pelillos (no me extrañan que algunos anden tan perdidos en el tema), y NO regalamos a las amigas nada para depilarse, aparte de ser un regalo de mierda (no tengo retórica más clara para definirlo) es crearle un trauma a lo Chewbacca.

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