31 mar. 2012

En un vientre vacío

Tras más de veinte años sufriendo los cambios hormonales dignos de denominarse 'tortura natural', y de acostumbrarme a un cuerpo que dicen los expertos que siempre estará en 'constante cambio', trasmutación la cual levanta todo tipo de comentarios, algunos de ellos, nada agradables. Después intentar hacerte un hueco en un mundo laboral mal agorero, en un sector que sólo sufre despidos y se desvirtúa sin ton ni son la figura del comunicador a través de intrusos y cotillas, y encima sin usar de comodín tus grandes pechos. Tras eludir constantemente a aquellas iguales que te instan a que te conviertas en el segundo plano de un gran hombre, recibiéndole con las zapatillas en la mano y el puchero en la mesa. Tras todo esto me entero que aún no me gané la distinción de mujer.

Mi vientre no ha sido objeto de ningún inquilino al que posteriormente tenga que dedicarle mi alma y mi vida, esa que tanto me está costando sacar en un ambiente de decepción, desempleo y austeridad. Si por error lograra la M en la casilla sexo del DNI, y quisiera rectificar no sólo no sería una mujer para mi gobierno, sino que, además, estaría participando en un 'lobby' extremista que tiene como único fin extinguir de un plumazo tanto la raza humana como a las mujeres auténticas, las de carné homologado.

Por eso de ser periodista tengo la dichosa manía de informarme constantemente, y este hecho me ha servido para experimentar los tragos más amargos de historias ajenas. Pequeñas mantas que esconden una nueva vida mentidos en el cubo más inmundo de la calle, criaturas sin aún conocimiento de sus actos plagados de hematomas y bajo el yugo de la desnutrición por el poco instinto del vientre que lo trajo al mundo, alguna que otra pareja violenta que carga contra el vástago de su novia bajo su consentimiento... Mujeres auténticas.

La llamada del reloj biológico aún no ha llegado a la clavija de alarma, aún le queda bastante por recorrer, le aseguro que más de ocho horas. Pido disculpas por esta metáfora barata de la maternidad con los despertadores, respeto y me emociona el milagro de la vida. Sin embargo, también admiro el milagro de la superación, y de poder realizar todos los sueños que requieran la absoluta atención de la persona. Personalmente, el certificado de autenticidad de mi existencia se halla en saciar mis pasiones profesionales y en amar a quien merece serlo. En mi entorno sólo quiero a una figura materna por el momento, y es la de mi madre, la que sé que me apoyaría en mis decisiones. La que nunca me vio menos mujer por no saber limpiar el filtro del extractor. Aquella que me habló de los anticonceptivos e incentivó mis sueños.

Porque en el momento que quiera traer a mi duplicado al mundo, será por decisión propia, con los brazos abiertos y dispuesta a entregarle lo mejor de mi persona. Sin maltratarlo, ni despreciarlo. Ese día no me sentiré más mujer, simplemente tendré en mi vida otro motivo más para aguantar a políticos baratos que usan una figura susceptible a la polémica para llamar la atención a ciertos asuntos, y relegar otros temas de los cuales interesa menos crear debates. Quizás no sea mujer, pero tonta le aseguro que no.

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