5 ene. 2012

El sabor de una espera

Es la noche del quinto día del año, aquí me hallo escribiendo tras tantos meses una entrada que quizás poco tenga que ver con la temática de este rincón. Año tras año el insomnio reiterado de la noche más mágica del año me ha ganado la partida, así que he decidido dar mi punto más subjetivo y personal.

A medias entre la tristeza de un fin de vacaciones inminente, y la alegría que conlleva recibir presentes por el simple hecho del nacimiento de un dios al que no le dedico devoción, me levanto el día del despliegue majestuoso con la certeza de que todo ser vivo que te rodea espera algo.

Panaderías y derivadas repletas de previsores o tardíos devoradores de roscón, el sabor de una espera. Calles agobiadas con el gentío que las recorre aprisa envueltos en cintas y papel hortera. Regalos para arriba y para abajo que hacen preguntarte si en tu niñez padecías algún tipo de ceguera extrema, la cual te permitía sucumbir en la mayor mentira piadosa que el ser humano haya conocido.

El almuerzo es un simple trámite que presiente la parafernalia inminente. Bolsas de plástico, abrigos y calzado cómodo, ese es el kit del buen recoge caramelos profesional. La excusa perfecta que tienen los adultos para competir en algo públicamente teniendo el mejor argumento: son para los niños. 

Bailar al ritmo de charanga mientras tus zapatos de incrustan en el suelo lleno de azúcar nunca fue tan divertido. Los típicos pisotones, "caramelazos" y, como no, la típica mujer mayor con pelo cardado que se incrusta en tus caderas en busca de los caramelos más camaleónicos. Caras y más caras diminutas con ojos resplandecientes exaltadas por aquellos buenos viejos que saben lo que quieres. 

Paseas por la calle tras el paso de las cabalgatas y hasta la ciudad más pequeña parece duplicar su población, da igual las luces, la crisis y la Merkel. No queremos ni recortes ni promesas, este día sólo hay ilusión, conscientes de que es efímera y anual. Conscientes de que los RRMM no son milagrosos y no crean puestos de trabajo ni descongelan sueldos mínimos, pero ¿qué más da? 

La magia de un día de tractores, disfraces y anís no recae en ningún hombro real. Es la alegría generalizada en calles, hospitales y residencias la que justifica ese aroma que sólo tiene el quinto día. Que un abuelo se agache, que una madre se manche las manos en el asfalto y que un niño no duerma creyendo ver luces y capas. Eso es en definitiva lo que hace que estas fiestas merezcan la pena.

Felices Reyes.


 

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